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Ernesto alcaraz vCOLUMNA VERTEBRAL

ERNESTO ALCARAZ VIEDAS 

Es evidente que Andrés Manuel López Obrador se mantiene como puntero en las encuestas. Pero tal cercanía no garantiza certeza de triunfo. Ya algunos analistas políticos y especialistas en mediciones sobre intención del voto coinciden en que  AMLO ha llegado al tope de las preferencias y tiende a la baja, y ANAYA y MEADE pueden crecer y ser más competitivos. Faltan 5 meses y días para la votación nacional y no es fácil colegir si una muestra ciudadana para “investigar” preferencias electorales del momento, técnicamente científicas, responden a una opción colectiva de 87 millones de votantes. 

Entiendo que las mediciones son muestras representativas, pero no reflejan el sentir universal de los votantes. Residentes en regiones y localidades que se distinguen por su cultura electoral, por su forma de percibir entender su participación y su particular disposición para sufragar, son variables que no se deducen en las mediciones. Además, los controles de poder y las estrategias operativas de los grupos y corrientes políticas son específicas y decisivas en el resultado electoral. 

Y seamos claros: Es una realidad que la población está irritada y exige solución a sus problemas. En las entidades el problema de la inseguridad nos agobia y la corrupción altera los estados de ánimo. Estamos molestos. Pero cada autoridad estatal y municipal carga con el descontento y resiente esas mismas culpas. Y ese enfado social se entrevera en la pluralidad social permitiendo que cada candidato tenga cobijo y rechazo en sectores muy bien definidos. Y así, la aceptación ciudadana ronda en tercios para cada visión electoral.    

Aunado a ello, se advierten errores políticos, dudosos cálculos electorales, resistencias y disidencias en algunos distritos, municipios y estados del País. Y ello tendrá un costo electoral, pues el desatino político incide indefectiblemente en el estado emocional y comportamiento electoral de la militancia, que pone en duda la sinceridad y direccionalidad de su voto. Y en la lógica de su inconformidad se corre el riesgo que compromisos electorales no se cumplan, y peor, que el voto se desvíe a otra opción o se esconda en la simulación. 

En lo que resta del proceso surgirán muchas interrogantes ciudadanas que tendrán que tener respuestas precisas, porque las elecciones son más que discursos de resonancia social y de propuestas que emocionan, pero que no convencen del todo. No será suficiente sostener un discurso contestatario y antisistémico si no tiene claridad en su visión para gobernar. 

Ningún candidato podrá encapsular su discurso y propuestas a conveniencia, sin considerar lo que el electorado exige y demanda saber: Qué proponen y cómo lo van a implementar. 

Meade hace propuestas prudentemente técnicas y realizables, pero aún no conecta con las emociones de los votantes. Anaya, extasiado en la mercadotécnica y sus spots promocionales, ofrece por igual propuestas inconsistentes y ha declinado ser el gran debatiente con su discurso propositivo, para concebirse en un fajador mediático. Así se aprecia hasta el momento el perfil de la contienda electoral. Y la confusión es presa de la ciudadanía.    

Se habla mucho del “voto útil”, ese que emigra a favor de un candidato distinto, cuando el propio y originalmente preferido pierde competitividad y ofrece pocas posibilidades de victoria. El que sirve para hacer ganar a uno y hacer perder a otro. Y se argumenta será determinante en el resultado electoral de 2018. Sin embargo no hay criterios científicos ni mediciones estadísticas convincentes que certifique e identifique ese voto útil masivo. Ni tampoco se puede asumir que resulte del voto indeciso. ¿Por qué? Porque el “voto útil” significa rectificación y mutación del sufragio a favor de alguien, ajeno a su preferencia original, y el voto indeciso – 25 % - supone indefinición a favor de quién ejercerlo. Ambos entran a la urna pero no se sabe su procedencia e intencionalidad. 

Lo que sí se ha observado es que de 1998 a la fecha, el “voto diferenciado” ha imperado en la conciencia ciudadana. Ha distinguido muy claramente el voto para elegir gobernantes y  optar de manera distinta por sus representantes populares. Desde entonces, ningún partido ha tenido la mayoría absoluta en el Congreso de la Unión. 

También se tienen claras referencias de la emisión del “voto cruzado” o de castigo para manifestar su inconformidad y resistencia a decisiones políticas controvertidas.  Fue el caso en 2000 y 2006, cuando un amplio sector priísta regateó el voto a Francisco Labastida y Roberto Madrazo, respectivamente, por conflictos internos. El “voto cruzado” fue identificado plenamente al igual que sus promotores. 

Reflexionemos para ubicarnos en esta pista del voto cruzado: ¿PANistas votando por PRDistas?  ¿PRDistas votando por PANistas, y MORENistas votando por PESistas?.  Estas contradicciones, tendrán repercusiones electorales. En tanto,  el PRI deberá encauzar adecuadamente su atrevimiento de postular un candidato externo.