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AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

El año inició hace poco menos de una semana, la euforia de las fiestas y las reuniones familiares y con amigos ya pasaron. Con él vienen nuevas oportunidades y nuevos retos. 

Tenemos dos caminos para emprenderlo. Uno, el de la actitud positiva y la convicción de que con trabajo se pueden lograr las cosas que nos propongamos. Otro el de la actitud negativa y la convicción de que cada vez es más difícil lograr las cosas que se proponen, por más esfuerzo que se haga.

No hay que dar lugar a la segunda opción, sus efectos nunca serán positivos. Hay que tomar en cuenta que toda empresa y todo propósito tiene dificultades inherentes y entre más grande es lo que te propones, más grandes tienden a ser las dificultades para lograrlo.

Lo peor que puede pasarnos es perder el ánimo y la esperanza antes de empezar a trabajar por lo que se quiere. No debemos dar lugar a la desesperanza y caer en fatalismos porque nada bueno traen.

La psicología llama desesperanza al estado mental en el que la persona se convence de que nada de lo que vive puede cambiar; que no importa que haga y a quien recurra, las cosas seguirán igual. Una especie de convicción maligna en la que las razones solo conectan con las dificultades y los fracasos. 

Cuando una persona desarrolla el Síndrome de la Desesperanza se siente absolutamente indefensa, impreparada, obligada a resignarse y desmotivada por cualquier intento de mejora.

Es común que quien sufre de esta condición desarrolle pensamientos absolutistas que le impiden ver en otras direcciones y dar crédito a otras ideas.

Desafortunadamente, estas personas sienten que a diario reciben muestras de que tienen razón. Cualquier obstáculo o negativa, por insignificante que sea, lo ven como confirmación de su estado mental.

Una persona en desesperanza se convence de que no tiene los recursos ni las condiciones para salir adelante; en su mente, el potencial que antes se reconocía y otros le refieren ya no existe y nada se puede hacer para recuperarlo.

Con frecuencia, quienes desarrollan esta condición interpretan las experiencias negativas a partir de causas internas, permanentes y globales. Es decir, lo que les pasa se debe a ellos, serán siempre así y será en todas los aspectos de su vida.

Una persona con desesperanza es fatalista, se convence de lo que vive y construye argumentos “lógicos” de por qué no puede cambiarlo; justifica como inevitable las consecuencias de lo que vive y no se permite buscar alternativas.

Según los especialistas de la psicología clínica, el problema se origina con la acumulación de experiencias negativas, fallas en el análisis de las mismas, carencia de respaldo social y estados depresivos. Muchas y repetidas experiencias “de fracaso” y ausencia de retroalimentación y apoyo son las causas más reconocidas. No obstante, puede haber casos en los que una decepción profunda, o la desesperación asociada a una pérdida sean la causa.

La decepción es el estado mental que resulta cuando una expectativa no se cumple y la persona se siente defraudada. La desesperación es el resultado de la perdida de la paciencia, frente a la extensión no deseada de tiempo; un estado mental cargado de ansiedad y angustia que lleva a ver el futuro con miedo.

El Síndrome de la Desesperanza tiene un cuadro mental muy delicado y debe ser atendido de manera profesional. Con frecuencia pueden evolucionar hasta desarrollar pensamiento suicida.

La investigación científica del área indica que desde hace al menos tres lustros, la población que más frecuentemente presenta este cuadro mental son los adolescentes y los jóvenes adultos entre los 15 y los 24 años de edad. Lamentablemente, por efectos culturales, alrededor del 60 por ciento de ellas son mujeres.

Según resultados recientes, la base principal de la desesperanza en este sector es una combinación de sentimientos de soledad con la percepción de un futuro incierto. Otros factores asociados a ella son la baja autoestima, la violencia social, el consumo de sustancias adictivas y la ansiedad provocada por problemas económicos y familiares no resueltos.

De ahí que para prevenirlo se propongan al menos cuatro acciones fáciles de implementar desde la familia: a) Reforzar la autoestima a partir de ambientes familiares que combinen afecto y disciplina. b) Provocar la reflexión y el análisis crítico de los eventos conflictivos y las experiencias negativas con niños y jóvenes. c) Incentivar el desarrollo espiritual a partir de actividades artísticas e incentivar la fe (religiosa y no religiosa). d) Incrementar los actos de solidaridad con personas en desventaja y reconocerlos abiertamente.

Es claro que un año nuevo trae nuevos planes, pero también arrastra memorias de experiencias no gratas. La tarea es poner cada cosa en su lugar.

Para lograrlo, hay que empezar incrementando la comunicación en el seno familiar y elevando los niveles de confianza mutua entre sus integrantes. Hay que invertir en el bienestar que no reclama cosas materiales; escuchar a los niños y jóvenes es una de las más importantes.

Aceptemos el año nuevo como la oportunidad que necesitábamos y aprovechemos la memoria y la razón para hacerlo tan productivo como se pueda. Vale la pena, ¿no?... ¿O usted qué opina?

@ambrociomojardi

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