ALFONSO ARAUJO

AlfonsoAraujo

LA NUEVA NAO

Saber y no hacer, es lo mismo que no saber. Es una verdad obvia pero, como los chinos tienen un cuento para todo, vamos a ejemplificarla con un cuento chino:

Un buscador de la verdad se acercó a un maestro famoso y le preguntó, “Maestro, dime el secreto de llevar una buena vida”. El maestro dijo, “Haz el bien a tus semejantes, y evita hacerles daño”, y se quedó callado. El otro, que esperaba alguna profunda disertación filosófica, dijo con desgana, “¿Eso es todo? Porque esa obviedad la sabe un niño de cuatro años.” El maestro volteó de nuevo a verlo y le dijo, “Es cierto, es algo que puede entender un niño de cuatro años, pero un hombre de 70 aún no puede practicarlo adecuadamente. ¡Tú pareces tener casi 40 y te consideras en la necesidad de hacer la pregunta!”

Los mejores pensadores nos han dado sus reflexiones a lo largo de la historia. Tenemos incontables libros con extraordinarios consejos y profundas reflexiones acerca de nuestra humanidad, su naturaleza, y la mejor manera de aprovecharla y de vivir en sociedad con nuestros semejantes. Pero nuestros cerebros son las máquinas más complejas que existen y dan cabida dentro de nosotros, como decía Montaigne, “a todas las contradicciones, que van tomando su turno en mi ánimo”. 

En las alturas de los pensadores tenemos a gente como Rousseau, cuyas contribuciones son indiscutibles: la idea del Contrato Social y su extraordinaria obra “Acerca de la Educación”, que revolucionó el pensamiento y formó muchas de las corrientes modernas de educación básica. Y sin embargo, como lo denunció su contemporáneo Voltaire, abandonó a sus hijos a las puertas de un orfanato. Rousseau increíblemente contestó que “nunca los había abandonado en la puerta, sino que los había llevado dentro”. No nos confundamos: santos y demonios puros existen sólo en los cuentos, para darnos un cierto norte moral.

Fuera de unos cuantos extremos, casi todos los demás somos una mezcla a veces sublime y a veces odiosa de esas contradicciones de Montaigne.

Navidad es buen tiempo para ponerse a pensar un poco en esto. Con un poco de disciplina y espíritu navideño, podemos como cada año volver a hacer nuestros propósitos incumplibles pero no por eso menos importantes: hacer el bien, evitar el mal. Si cambiar el mundo es un propósito un tanto ambicioso, por lo menos hacer un poco en nuestro entorno inmediato es razonablemente asequible. No hay nada en el mundo más poderoso que el ejemplo. ¡Feliz Navidad!

El autor es académico ExaTec y asesor de negocios internacionales radicado en China.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.