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ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

alcaraz ernesto

COLUMNA VERTEBRAL

            Se dice que las estructuras que se observan en las líneas del PRI parecen ser un cambio generacional y político que pudiera oxigenar al partido de cara a las próximas elecciones de 2018. Se aduce porque el partido experimenta con un candidato presidencial externo y porque su descrédito ciudadano no puede caer más. Pero un cambio de fondo en un partido tradicional con fuerte arraigo operativo y habituado a sus costumbres y procedimientos, que aunque ha perdido pertenencia e identidad, no puede fraguarse con sólo integrar a nuevos personajes y propuestas no consolidadas ni consensadas con las estructuras estatales y bases territoriales que son los espacios donde radica su cohesión política y su fuerza electoral.  

Para un cambio institucional no basta la intención, aunque el entorno le sea desfavorable. Se requiere de estrategias innovadoras y sobre todo, del ejercicio de conductas éticas en todos los órdenes de dirección y estructuras sectoriales y procederes apropiados en el trabajo parlamentario que acredite beneficios colectivos. “Su  Declaración de Principios” es una regalía de nobles propósitos y afinan teóricamente con las demandas de la sociedad.

Pero la forma de proceder de dirigentes y corrientes políticas y el abandono de las causas sociales ha provocado esa lejanía y desconfianza ciudadana. Pero el PRI si es coherente con su “Programa de Acción” no puede ser sustituido por la improvisación, ni sería deseable ante lo que la ciudadanía demanda. Además, la dinámica transformadora que pudiera imprimir la cúpula partidaria debe embonar con la cultura y compromisos que habitan en la militancia y sus simpatizantes. El asunto es más de fondo que de forma: Es retomar su cauce original de insertarse en el ánimo y necesidades de la población y ser un partido de causas, propuestas y soluciones.

Desde luego se observarán avisos en la medida en que se conformen las fórmulas de diputados y senadores, así como los perfiles de los candidatos que se postulen para las elecciones locales. Que la clase gubernamental y tecnócrata en el País lo intente, es probable. Pero que se concrete, se ve difícil. Una reforma interna, intensa y dinámica en cualquier partido, merece ser encauzada con altas miras de renovación de toda su Clase Política Nacional y gubernamental. Que surja de la reflexión y del análisis trasformador y no de una proclama centralista y de gobierno. De otra manera, volveríamos a 1987 con una nueva deserción y división interna. Riesgos que deben ser atajados por una profunda solución de sus causas y no con muros de contención.

Lo que sucede hoy no es de extrañar. Desde hace 40 años hemos visto a personajes de la actividad empresarial, financiera y de negocios postulados por el PRI, que ni siquiera conocían la puerta de entrada al edificio, y subían escaleras, porque no sabían que contaba con elevadores. Estamos hablando  de cuando las  “siglas y logo”, por sí solas, hacía triunfar al candidato. Pero hoy se trata de esconder la “deteriorada marca” para evitar el declive electoral. No es nuevo pues, que personas no militantes, pero sí simpatizantes, accedan en las lides electorales. Lo que sucede es que hoy se formalizó.   

Su presencia en las estructuras de gobierno y de partidos, surgieron, se dice, por la necesidad de generar crecimiento económico y abatir la desigualdad social y la pobreza que garantizara la paz social de entonces. Pero el tiempo nos dice que no han dado los resultados esperados. La desigualdad y la pobreza persisten y la paz social zozobra.  

Nuestro nacionalismo de entonces exigía que el Gobierno asumiera la Rectoría de su ejercicio y expansión, y así fue. Sin embargo en las últimas dos décadas, al imponerse el modelo neoliberal sus consideraciones y exigencias han sido de atención y consideración inmediata, como está sucediendo en el resto del mundo. Si entendemos que su participación es legal y provechosa, debe ser bienvenida, pero igual debe exigírsele cumplimiento a los compromisos contraídos y los beneficios sociales que deben arrojar su participación: Ser incluyentes y solidarios.

Porque es una realidad que el poder económico transnacional ha venido limitando las democracias nacionales. E influye, porque del modelo impuesto derivan las políticas para su crecimiento económico y desarrollo social. Pero también, su estancamiento. El punto no es sacrificar una por la otra, sino fortalecer una real “convivencia” con propósitos de generar beneficios sociales, y no sólo de “connivencia”, que se limiten a sus intereses particulares.

Y sí, hay proyectos que fracasan por su inadecuada implementación y por el perverso comportamiento de quienes tienen la responsabilidad de concretarlos. Desvíos que le ha costado al Sistema el descrédito y rechazo ciudadano. Entonces, la regeneración del régimen debe ser una causa común de todos los partidos políticos y obligarse a retomar lo que de origen se les ha encomendado: Ser verdaderos “organismos de interés público”. No de grupos ni de prerrogativas.