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ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

ARTURO SANTAMARIA

Hay política pragmática y hay política sin principios. Se puede ser pragmático en una determinada coyuntura como parte de una estrategia basada en principios filosóficos, ideológicos y políticos; pero cuando se carece de principios en política ya no hablamos de pragmatismo sino de ambición simple y llana del poder en pos de intereses mezquinos.

Cuando se ambiciona el poder político en un contexto histórico en el que no se busca modificar el orden establecido, cuando no se pretende modificar las coordenadas económicas y sociales dominantes, sobre cuando son perjudiciales para las mayorías, entonces, simplemente, estamos hablando de un hambre de poder por el poder mismo. 

Y cuando vemos que un individuo, un grupo o un partido se alía con individuos o partidos, cualesquiera que sea su trayectoria, práctica política o ideología, que incluso es antagónica a la propia, para egoístamente acumular poder o llegar a él, entonces, contemplamos una simple y vulgar ambición sin ideales ni principios.

Cuando antier un partido buscaba acuerdos con otro instituto político, ayer con otro y hoy con otro, siendo antagónicos entre sí en plataformas políticas e ideología, lo único que vemos es un oportunismo desvergonzado en el que la sociedad no importa.

En el México de 2017-2018 contemplamos el fin de los principios, de las ideologías y de los programas partidarios diferenciados a favor de acuerdos cupulares entre pandillas partidarias. Pero unos renuncian más que otros, otros se traicionan más que otros.

Por ejemplo: en el acuerdo PAN-PRD-MC, el que renuncia más claramente a sus definiciones ideológicas y programáticas es el partido amarillo. El blanquiazul no tan solo subordinó políticamente al PRD sino lo obligó a dejar de lado sus principios ideológicos y le dejó las candidaturas que se le antojó. El PRD, para hacer posible la alianza con el albiazul, relegó sus críticas al modelo económico imperante, que han impulsado tanto el PRI como el PAN, abandonó su defensa de las minorías sexuales y olvidó sus programas de beneficio social amplio; es decir, los amarillos acataron el programa de la derecha mexicana y hacen de lado lo que los caracterizaba como un partido de izquierda moderada. ¿Para qué?, pues simplemente con la ilusión de allegarse unos cuantos puestos en la administración pública y en el Poder Legislativo para el goce de sus cúpulas.

El PAN en esta alianza no tuvo que renunciar a su programa partidario ni a su ideología pero sí a sus principios políticos. Para llegar a acuerdos con el PRD y MC, Anaya demolió los fundamentos y tradiciones democráticas internas de su partido y traicionó a cuanto panista se le ha puesto en su camino. Pero no tan solo eso, sino que el PAN de Anaya también se traiciona así mismo, tal y como lo vemos en Sinaloa.

En efecto, Anaya impidió la alianza con el PAS en Sinaloa, acusando a Cuén de ser uno de los promotores de la ex diputada Guadalupe Lucero Sánchez, señalada de tener vínculos con el Chapo Guzmán, y ahora, a través de MC, permite un acuerdo estatal con él. Ayer Cuén era un villano ahora no. Era indeseable ahora es deseable. Ayer podía ganar el PAN en Sinaloa pero él no. Ahora Anaya quiere la presidencia para él y los votos del PAS también. Para eso, acepta ceder la candidatura al Senado para Cuén y relegar a los panistas.

Este tipo de giros radicales y contradictorios retratan a la perfección la crisis valórica, y por lo tanto, de principios, del sistema partidario mexicano; pero, sobre todo, del PAN bajo la égida de Ricardo Anaya.

Los giros del PAS no deben sorprendernos. Lo que lo caracteriza es, precisamente, el oportunismo y el utilitarismo. En este partido regional no hay principios de ningún tipo. ¡Imagínense, buscó llegar a acuerdos con Morena y PRI y, finalmente, lo hace con el PAN, PRD y MC, a los que nunca descartó! Al PAS le daba igual aliarse con uno o con otro con tal de que Cuén fuera postulado como candidato al Senado. Al fin y al cabo, el discurso se puede hacer y rehacer. Si para el cacique priista Gonzalo N. Santos la moral era un árbol que da moras, para el PAS los principios son unos arbustos que dan huesos.

En este escenario, el hecho de que el PRI no ha haya llegado a acuerdos con el PAS pareciera, a juzgar por las varias declaraciones favorables de Quirino Ordaz hacia Cuén, que las corrientes estatales del partido y del centro Meade-Peña Nieto, desoyeron al Gobernador y decidieron ir por su cuenta considerando que pueden ganar con sus propias fuerzas.

En el caso de Sinaloa, Morena no cayó en la tentación de agenciarse los votos de la UAS que controla el PAS. Optaron por candidaturas más transparentes y competidoras, y no el riesgo de aliarse con un partido corporativo y nada confiable.

En fin, en nuestro estado como en todo el País vemos el imperio de la política sin principios.

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