NO ROBAR, NO MENTIR, NO TRAICIONAR.

AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

Si queremos que las nuevas generaciones aprovechen de mejor manera los avances de la vida moderna y desarrollen proyectos de vida exitosos, démonos tiempo para escucharles, cuestionarles, guiarles y retarles. Invirtamos tiempo para estar con ellos, conocer que piensan, que sienten y que quieren; no dejemos a la intuición o a la adivinanza las respuestas que deben venir de boca de ellos.

Los adultos debemos entender que tenemos una gran responsabilidad con las nuevas generaciones y que solo la podemos cubrir satisfactoriamente estando con ellos y acompañándoles. Quizá nuestra contribución sea limitada en algunos aspectos relacionados con tecnología u otras cosas de la vida moderna, pero es crucial en cuanto a los aspectos sustanciales de la interacción personal y sus valores.

La investigación social sobre el pensamiento adolescente indica que entre sus carencias más sentidas está la de contar con un núcleo familiar incluyente, que le ayude a conocerse, aceptarse y consolidar identidad. Los problemas más sentidos en ellos son los que se derivan del percibirse solos y confundidos acerca de lo que son y lo que pueden hacer. 

A un joven no le resuelve las necesidades de reconocimiento el que tenga el celular más novedoso, pero algo le aporta a ello. No le hace más poderoso el que demuestre su capacidad para romper las leyes y normas, pero el festejo de sus compañeros contribuye a que parezca. No le hace más inteligente burlar las normas para tener alguna ganancia aprovechando la debilidad de otros, pero habrá quien le diga que sí.

¿Quién y de qué forma puede ayudarle a entenderlo mejor? Puede recibir orientación de muchas fuentes, pero la que pueden dar los padres y madres es prácticamente insustituible; más que por su contenido, por el mensaje emocional que manda. Pero, ¿a qué hora?, ¿de qué modo?

Muchos padres y madres dedican su vida a trabajar para resolver las necesidades principales de su familia y en ello consumen prácticamente todo el día. Eso les lleva a desconocer las necesidades reales y qué tanto con el trabajo las está resolviendo. Como consecuencia, aumentan la distancia generacional y abren el espacio para la insatisfacción y el conflicto. 

Recientes e inéditos sondeos con adolescentes internos en centros de reclusión y de rehabilitación de adicciones ofrecen evidencia de ello. Según los resultados preliminares, una de las causas por las que consideran estar ahí es porque les faltó guía y corrección a tiempo; porque hicieron las cosas para probar de qué eran capaces y porque nunca sintieron ser parte importante de una familia a la que le interesaran y necesitaran cuidar.

La mayoría de las y los jóvenes entrevistados declaran sentir soledad y baja autoestima; dicen provenir de ambientes familiares con problemas frecuentes de violencia verbal y hasta física, donde se ejerce autoridad con extremos; autoritarismo o negligencia. Un porcentaje pequeño de ellos pudiera considerarse de pobreza extrema.

La mayoría reconoce que para corregir su conducta se usaron métodos extremos de castigo y nunca, o pocas veces, recibió reconocimiento como muestra de aprobación de lo que hacía. De sus historias se puede ver que raramente platicaban con sus padres o hermanos y cuando lo hacían era para recibir instrucciones o escuchar reclamos. 

En estas y estos jóvenes, las carencias materiales estuvieron presentes pero no en sentido insalvable. Lo contrario sucedía en la dinámica familiar que vivieron. De ella reconocen necesidades no resueltas como la de sentirse importantes y respetados; miembros de una familia “normal” donde todos “se quieren de verdad”.

En muchas de las narrativas registradas refieren como principal reclamo para sus madres y padres la ausencia de convivencia con ellos y el uso extremo del castigo para corregir comportamiento. Ese reclamo aparece mucho más marcado para los padres que para las madres.

La coincidencia de estos resultados con los que presentan Shmuel Shulman e Inge Seiffge-Krenke en su libro “Fathers and Adolescents” (Padres y Adolescentes), o los que reportan Dena Aufseeser, Susan Jekielek, y Brett Brown en su artículo sobre ambiente familiar y bienestar de las y los adolescentes (http://nahic.ucsf.edu/downloads/FamEnvironBrief.pdf), debe ser vista con atención. La importancia de la comunicación familiar es mucho mayor que la que se puede describir con palabras.

Las y los adolescentes cursan por circunstancias de desarrollo socioemocional que exigen interlocución empática y guía solidaria. Las madres y los padres son quizá los que mejor pueden hacer esto y hay que tomar ventaja de ello.

Hacerlo supone tiempo, paciencia y amor. Para muchos también puede suponer distanciamiento de los esquemas que le tocó vivir, o de las ideas que por tiempo ha sostenido y hacer la tarea más difícil. 

Hay que aceptar el reto, las niñas, los niños y los adolescentes nos necesitan y la forma en que lo están manifestando tiene muchas caras escondidas. No esperemos a que las peores de ellas sean las que nos toque enfrentar para empezar. Hagámoslo ahora sin esperar, nos conviene a todos. O ¿Usted qué opina?

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