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ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

ARTURO SANTAMARIA

Quienes vivimos en Sinaloa y en otros estados donde el narco tiene raíces muy profundas sabemos que a esa expresión del crimen organizado, o por lo menos a algunos de sus grupos y líderes, se les ha otorgado una amnistía de facto a lo largo de varios gobiernos federales y/o estatales. Habrá que repetir una y otra vez: si los narcos no hubiesen gozado de una amplia y constante protección política, policial y militar a lo largo de muchos años jamás hubiesen alcanzado el poder que en el presente tienen. Si lo tienen es porque se les ha otorgado una amnistía de facto.

  

Aun en los periodos en los que se detuvo o eliminó a poderosos capos y a sus tropas, como sucedió durante el gobierno de Felipe Calderón y en el del mismo Enrique Peña Nieto, por cierto los más cruentos en la historia del combate al crimen, siempre hubieron acuerdos, complicidad y/o protección entre individuos y sectores del Estado con los grupos criminales. Por más que en algún momento sea cierto que desde los más altos niveles de las instituciones del Gobierno federal se combate frontalmente al crimen organizado, lo evidente es que siempre, y siempre es siempre, ya sea desde las mismas instancias federales, y no se diga las estatales y municipales, ha habido acuerdos con uno u otro jefe o grupo criminal, sobre todo del narco.

Pero ¿por qué siempre ha habido acuerdos entre representantes del Estado y el crimen organizado? Primero, sin duda alguna, por la corrupción, característica intrínseca del sistema político mexicano; pero también y no menos importante, y en el presente mucho más relevante aun, debido al poder económico y armado de los delincuentes.

Luis Astorga, el mayor y más antiguo estudioso de este tema en México, nos ha revelado como nació esta complicidad en los años inmediatamente posteriores al fin de la lucha armada de la Revolución Armada. Abelardo Rodríguez, quien llegó a ser Presidente de México, fue uno de sus primeros protectores aun antes de habitar Los Pinos. Y lo mismo sucedió con Miguel Alemán Valdez, según lo documenta el historiador regiomontano Juan Alberto Cedillo en sus libros “Hilda Kruger en México” y “La Cosa Nostra en México”. Por supuesto, estos dos no son los únicos dos presidentes que han protegido a narcos y otros integrantes del crimen organizado.

¿Y qué decir de los gobernadores y alcaldes? La lista es inagotable. ¿Y en Sinaloa, la mayoría?

Durante décadas, es muy probable que esa relación crimen organizado-representantes del Estado se haya sostenido primordialmente por mutuos beneficios económicos: ventas de drogas-sobornos. En el presente el negocio de tráficos de drogas es transnacional y las ganancias son estratosféricas; por lo tanto, sus intereses son globales y su poder abismal, al grado de que han subordinado, al menos estatal y municipalmente, a los representantes del Estado, ya sean políticos, policiales y/o militares.

Este poder, el más grande en la historia mundial del crimen, posibilita que si políticos, policías y militares no aceptan sobornos, los intimidan o los neutralizan gracias a su enorme poder de fuego. Estamos hablando, entonces, que la violencia criminal es superior en numerosas zonas del territorio nacional, y no se diga particularmente en Sinaloa, Guerrero, Tamaulipas, Veracruz y más recientemente, en Baja California Sur, al de las instituciones de Gobierno.

En efecto, es una tragedia, pero cierta.

Ya sabemos, el uso de las Fuerzas Armadas tampoco ha mermado el poder del crimen y menos del narco. Al contrario, ha aumentado la violencia. ¿La respuesta es la amnistía de Estado, oficial, que propone López Obrador?, tampoco. Y es que amnistía sin legalización de la comercialización y consumo de drogas no sirve, solo abre un paréntesis a la violencia.

El líder de Morena tiene razón en proponer un debate sobre los criminales y las estrategias para aminorar la violencia, pero comete el inmenso error de hacerlo en medio de una inmensa disputa política donde cualquier desliz es aprovechado para lincharlo. No va a haber acto de campaña de sus contrincantes donde no se lo machaquen y la propaganda en contra va a incluir sus palabras donde propone la amnistía.

Al margen de lo anterior, lo cierto es que la violencia e inseguridad que padecemos por más grande que parezca va a ser un cuento de hadas ante la que experimentaremos de manera creciente en el futuro inmediato. Al poder global expansivo del narco mexicano, que tiene inundado a Estados Unidos y que ya tiene presencia en por lo menos setenta países de los cinco continentes, se añade el geométrico aumento consumo de drogas duras en territorio mexicano.

A corto plazo no hay salida ante el ciclópeo poder del narco mexicano globalizado y menos si el Gobierno Federal sigue encabezado por un partido político irremediablemente atrapado por la corrupción, la impunidad y una cultura simuladora poco vistas en el mundo.

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