NO ROBAR, NO MENTIR, NO TRAICIONAR.

JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

JUAN ALFONSO MEJIA

KRATOS

José Antonio Meade resultó finalmente el elegido del Presidente Enrique Peña Nieto. Con el paso del tiempo conoceremos los detalles detrás de esta decisión. Por el momento, basta con conformarse con las palabras que algunos medios de comunicación colocan en voz del Presidente de la República: “yo no habré leído muchos libros, pero sé ganar elecciones”. ¿Quién podría negarlo?

El gran elector del PRI se decidió por el hasta hace unos días Secretario de Hacienda y Crédito Público. Titular de cuatro Secretarías de Estado, Meade trabajó al lado del mandatario en turno en dos sexenios distintos, sin pertenecer al círculo cercano de ambos y a pesar de provenir de partidos políticos distintos. Cuenta con más de 20 años en el servicio público, tiene un Doctorado en Yale y es miembro prominente de la red de ex alumnos formados en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM), de donde egresaron algunos de los empresarios, políticos, comunicadores y funcionarios más influyentes de este País. 

Meade no tiene una militancia partidista, lo que significó una ruptura histórica al interior del partido que hoy pretende nominarlo. A juzgar por el desarrollo de los eventos sucesivos al anuncio del pasado lunes, una vez el candidato definido, lo demás vendrá por añadidura. ¿Qué puede salir mal?

Conquistar la voluntad del “gran elector” encarna una victoria nada despreciable, tanto que en otro tiempo hubiera significado prepararse para dirigir el destino de ésta Nación; sin embargo, hoy el Presidente elige sólo candidato. Del tipo de candidato que haya elegido Peña dependerá el destino de ambos; para desgracia del hoy Jefe del Ejecutivo, él tampoco lo sabe y está a punto de descubrirlo. 

Tres desafíos a los que habrá que dar respuesta en lo inmediato: 

  1. Un candidato “fresco”. Escuchar a la CTM de Fidel Velázquez llamar a Meade el “candidato de la esperanza”, al tiempo que el recién “ungido del dedazo” les pedía “háganme suyo” es, por decir lo menos, incongruente. A quererlo o no, cada candidatura representa algo, la de Meade forma parte de un anacronismo que creímos haber dejado atrás hace 40 años. Observar al Doctor de Yale queriéndose cobijar en el corporativismo mexicano en pleno Siglo 21, me hizo sentir en los tiempos de Luis Echeverría. 

¿Por qué un hombre de futuro está casado con formas del pasado? ¿Quién vencerá sobre quién, la historia del personaje o la del sistema que dice querer cambiar pero que, a escasas horas, ya se desdibuja en él? 

Uno de los hombres de su partido solía decir: la forma es fondo. Bien vale la pena revisarlo. 

  1. Ciudadano apartidista. Esta elección se va a ganar con las máquinas electorales de los partidos. Me encantaría pensar que tendríamos frente a nosotros a hombres o mujeres que nos convocaran a algo. No se ve en el horizonte. Será, como desde hace lustros, un rechazo a alguien más; otra elección con demasiado pasado y poco futuro. Para llegar ahí, necesitas amarrar bien a “tu gente”. ¿Qué tan distinto se querrá presentar “el ciudadano Meade” de aquellos dinosaurios con los que ha vivido y convivido en más de 20 años? 

Imaginemos a un Alcalde, uno de esos que existe en el imaginario colectivo de una población identificado por sus usos y abusos al momento de gobernar. ¿Qué incentivo tiene para apoyar al candidato de “su partido”, que dice no serlo, cuando su bandera es el rechazo a todo lo que a estos hombres de la estructura les ha permitido avanzar en su carrera? Mejor les valdría negociar con la oposición, jugar de brazos caídos y afianzarse en su territorio para cogobernar con un nuevo partido. Es entendible que algunos lleguen a decir: “si Meade nos desconoce hoy, imagínense lo que sería mañana”. 

  1. El candidato honesto. El mejor Peña Nieto es el pragmático. Una de las razones que pudieron haber llevado a Peña a definirse por la viabilidad de su hoy ex colaborador es su historial. A diferencia de varios más en la “clase política”, Meade parece poder presumir de su honestidad. Encontrar esta característica en un alto funcionario en México es apreciada como una rareza, si fue cuatro veces Secretario de Estado, es una “joya”. 

Sin embargo, ¿cómo va a ser apreciada la honestidad por el elector? ¿Se conformará con saber que tú no te robaste el dinero, que tú no estuviste involucrado en el tráfico de influencias? O bien, ¿terminará por creer que “la complicidad también es corrupción?

Meade tendrá que dar la cara cuando le pregunten por “la Estafa Maestra”, que consistió en hacer negocios con distintos proveedores a través del pago a las universidades públicas del País, mientras él era Secretario de Hacienda; tendrá que responder, ¿cómo fue posible que la asociación Juntos Podemos, que preside Josefina Vázquez Mota, haya recibido casi mil millones de pesos a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores mientras él era su titular, y no se dio cuenta (ahora hay un informe de la Auditoría Superior de la Federación)?; lo dejo en dos ejemplos, nada más. 

Estos son apenas tres desafíos a los que tendrá que dar respuesta “EL” candidato Meade. De cómo afronte este tipo de circunstancias dependerá en mucho si logra salir victorioso. Todos estamos interesados en lo que resulte. En el fondo, nos intriga saber si los medios terminan por derrotar a los fines o si éstos últimos siempre se imponen. Después de todo, como algunos afirman, se trate del mejor hombre que aparezca en la boleta en el 2018. 

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