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ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

ARTURO SANTAMARIA

Escribí hace algunas semanas que el hecho de que Meade se perfilara como el favorito de Peña Nieto para ser el candidato del PRI a la Presidencia de la República, lo que ahora se ha oficializado, hablaba de la crisis más profunda que ha vivido ese partido en su historia.

Cuando el atlacomulquense, que no el partido, decidió que su candidato fuera un hombre que nunca ha sido miembro del tricolor, no reflejaba otra cosa que una debacle histórica en la que Peña Nieto es uno de sus principales responsables.

Si Meade nunca quiso afiliarse al PRI no fue porque no tuviera interés en la política, sino porque el otrora partido aplanadora no le interesaba y quizá hasta le daba vergüenza, a pesar de que su padre fue militante destacado de él. Meade antes estuvo más cerca del blanquiazul, quien lo llevó a ser Secretario de Estado.

A Meade, es obvio, le interesaba el poder pero no militar en un partido político; sin embargo, su ideología económica, un duro neoliberalismo, le permitió oscilar entre los gobiernos del PAN y del PRI; y ante la crisis del tricolor y su desesperación por no perder Los Pinos, obligó al hombre de Atlacomulco a marginar a los aspirantes priistas e inclinarse por un tecnócrata sin partido.

Peña Nieto convencido de que con un candidato de cepa tricolor no tenía ninguna posibilidad de ganar, optó por el no-priista, pero que sí profesa la ortodoxia neoliberal, la ideología hegemónica en el PRI y en el PAN.

José Antonio Meade tiene características personales que Peña Nieto ni por asomo posee: talentoso, culto y estudioso, pero su fama de honesto termina cuando es ungido como abanderado del PRI. Este partido construyó un sistema corrupto sin posibilidad alguna de regeneración. El hecho de que algunos de sus integrantes no lo sean no anula la dinámica corrupta sistémica, o para decirlo con otros conceptos: su estructura es corrupta y ningún agente o individuo por más honesto que sea la puede alterar.

Meade, al convertirse en candidato del PRI, está aceptando implícitamente la forma de hacer política de este partido. Primeramente, aceptó ser nombrado por un solo individuo, el esposo de la Gaviota, y en segundo lugar, sabe perfectamente que el tricolor echará mano de todos los recursos ilegales posibles, incluyendo dinero negro, para que él sea el inquilino de Los Pinos.

El ex cinco veces Secretario de Estado, a pesar de las numerosas opiniones favorables de comentaristas que pueblan los medios nacionales, está muy rezagado en todas las encuestas que se han llevado a cabo en los últimos meses. Lo conoce una minoría de mexicanos, aunque ya empezó una abrumadora campaña para posicionarlo favorablemente en el imaginario popular. No hay una sola encuesta que en estos momentos lo ubique como puntero o favorito para 2018; sin embargo, quienes simpatizan con él, lo señalan como favorito, lo cual es entendible pero su opinión es totalmente subjetiva.

Como político, Meade es una incógnita. No sabemos, por más inteligente que pueda ser, qué desempeño tendrá en una campaña. Tenemos que ver si la facilidad con la que se relaciona con banqueros, empresarios, diplomáticos, políticos profesionales y periodistas se extiende a la gente llana. La inteligencia es una característica menos fácil de vender en la mercadotecnia política contemporánea que, por ejemplo, la galanura de Peña Nieto. A Meade tampoco le podrán inventar una historia del Príncipe y la Cenicienta como la de Enrique y la Gaviota. A las masas desinformadas les gustan los guapos no los inteligentes. Pero, lo más difícil de todo, será lavar la imagen corrupta del PRI cuando se pronostica que la campaña presidencial más sucia de toda la historia mexicana será la de 2018.

Anaya, el panista, sabe manejar un partido y debatir en foros públicos. Andrés Manuel López Obrador sabe manejar un partido, debatir y llegarle a la gente de a pie. Meade no sabe lo que es un partido, ni debatir con contrincantes políticos y menos sabe lo que es darles un saludo a un albañil y a una campesina. Por supuesto, que desde ya van a empezar a darle baños de pueblo al inusual candidato del PRI pero no va ser fácil que aguante los sudores y manos callosas alguien acostumbrado al máximo confort. 

Los priistas, en medio de su mayor crisis, de repente parecen muy confiados en que Meade los va a llevar al triunfo. Su no militancia, creen, será la salvación del tricolor. Vaya paradoja. Lo cierto es que a los herederos de Plutarco Elías Calles no les va a ser fácil construir un candidato convincente en las plazas públicas. Y menos cuando es el terreno más favorable para el Peje, puntero para 2018.

Posdata

Los morenistas, según sus encuestas, dicen que van a dar la sorpresa el próximo año. Los priistas, por su cuenta, están convencidos de que ellos se llevarán la mayoría de los triunfos. En ese contexto, cuando ya nadie lo esperaba, parecen renacer las esperanzas de Heriberto Galindo y se entierran para siempre las de Gerardo Vargas. Meade ha dicho en varias ocasiones que el primer político que conoció siendo niño fue el hijo de Chuy Galindo. ¿Esta cercanía llevará a Meade a favorecer al ex embajador en Cuba para alguna candidatura?

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