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OSWALDO DEL CASTILLO CARRANZA

OSWALDO DEL CASTILLO

CORTOS REFLEXIVOS

Los de mi edad, claro los de 60 y más, debemos de recordar aquellas calles de Culiacán casi desérticas por las que transitaban arañas jaladas por caballos, bicicletas y autos viejos y muy viejos. Calles disque pavimentadas con material de todos menos de concreto hidráulico. Los niños jugando en la calle, era común jugar a las escondidas: 1, 2, 3 el pancho debajo del carro sin llantas. Y cuando se descuidaba el del bote: 1, 2, 3, por mí y por todos mis compañeros. Y así el juego hasta que la noche tendía su manto como indicador de la hora de cenar. Vivíamos por la temporada; la del trompo, la de las boliches, la del yoyo, la del tacón, allá por diciembre se empezaban a ver los globalones, los pontenis, en fin, todo referido a una época ida pero los recuerdos latentes aún. Calles que orgullosamente se engalanaban con sus caminantes, muy temprano; al mercado. Un poco más tarde; al trabajo y así los habitantes de este Culiacán amoroso pasábamos el tiempo viviendo. Las casas con la puerta abierta, las mujeres barriendo la calle y juntando las bolitas de hojas para quemarlas al centro de ella. A las 8:00 u 8:30 a la escuela, cargando un mochilón que pesaba más que la bolsa de ixtle del mandado, aun con mandado adentro. No existían todavía las escuelas particulares o eran pocas, mucho menos llevar en auto al hijo, cuando mucho en bicicleta o los rápidos, en motocicleta. Era una delicia ver al del panadero entregando en las tiendas o vendiéndolo en bicicleta por la calle, con una canasta de un metro de diámetro y gritando paaaaannn, a eso de las 5 de la tarde. Ya un poco mayor se podía ver con tranquilidad a los jóvenes regresar de las fiestas a las 12 de la noche, 1 o 2 de la mañana caminando por las solitarias calles de Culiacán, no se veía un solo carro a esas horas.

Hoy las cosas muy diferentes, aquellos viejos autos ya no se miran circulando por doquier, la población ha crecido considerablemente y ya no puedes confiar en que en la noche puedas andar tranquilamente. El parque vehicular de Culiacán es uno de los más grandes de México y sus conductores uno de los más ingobernables que haya visto jamás. Las calles de Culiacán dejaron de ser solitarias para convertirse en las calles atiborradas de autos que las llenan de ruido y polvo que enferma. Si bien los cláxones no se escuchan como en otros estados de la república, sí el ruido, que en veces se convierte en un alto contaminante para el hombre. Así que, disfrutemos a este Culiacán y sus calles atiborradas de carros. Así sea.

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