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ARTURO SANTAMARÍA GÓMEZ

ARTURO SANTAMARIA

Dice Peña Nieto que a los priistas les gusta la liturgia y tiene razón porque en las ceremonias de culto religioso se acata la decisión del pontífice. Es decir, para el atlacomulquense, que nunca había sido tan acertado, el priismo es un culto y no una ideología política en el que decide no es un líder, quien respeta normas y reglamentos, sino un magistrado sacerdotal.

El priismo, entonces, ya no es un conjunto de ideas políticas sistematizadas, sino un estilo o, cuando mucho un método, por cierto muy caprichoso y mañoso, de hacer religión laica en la que hay pastores de diferentes escalas. 

Esa es una interpretación; otra diría que el priismo es una escuela de ajedrez político, donde, en efecto, no hay militantes sino monarcas, torres rígidas, aunque siempre peligrosas, alfiles, caballos negros y peones. Algunos dicen que los priistas fueron los mejores ajedrecistas políticos de México, pero como siempre se quedaban con todas las piezas del tablero vinieron a menos.

Cuando los priistas neoliberales, que estudiaron postgrados en las universidades de elite de Estados Unidos y su licenciatura en el ITAM se apoderaron del partido, empezaron a aplicar la teoría de juegos en sus decisiones internas y en lo que ellos llaman políticas públicas (cuando en realidad son políticas de gobierno, porque en el diseño de las públicas también interviene la sociedad civil).

Los tecnócratas, casi siempre economistas, desplazaron a los abogados y líderes sindicales quienes, a su vez, habían hecho de lado a los generales. Con ellos, dicen, la política se convirtió en ciencia. La “razón” de impuso, matemática por supuesto, por encima de la intuición. El conocimiento matemático por arriba de la experiencia. Las computadoras y teléfonos celulares en lugar del trato directo con la gente. Para ellos la política pasó a ser una serie de “interacciones en estructuras formalizadas de incentivos para tomar decisiones”. Ningún priista tecnócrata es John Nash pero, según ellos, hacen campañas y gobiernan con la teoría de juegos.

Bueno, pero otra versión dice que los priistas, sobre todo cuando escogen a los candidatos, se inclinan por su amigos, o últimamente por sus hermanos, esposas, hijos o primos, y si no pues aplican el de tin marín de do pingüé. 

Si observamos el destape para 2018 la liturgia ortodoxa priista fue alterada. No sabemos si Peña Nieto la autorizó o Videgaray se saltó las trancas cuando prácticamente destapó a Meade. Aparentemente, el inquilino de Los Pinos ha desautorizado a Videgaray  cuando dice que el PRI no elegirá por elogios, refiriéndose a los que vertió el Canciller a favor del Secretario de Hacienda, pero como en el tricolor el juego de las simulaciones es todo un arte, en realidad no sabemos qué pasa.

Otra alteración sería que por primera vez un priista no sería el candidato del tricolor para habitar Los Pinos. Meade no sería un candidato con ideología priista sino sería un “no ideólogo”; es decir, un perfecto tecnócrata “libre de valores” (ideológicos), guiado por “la ciencia” para gobernar.

Si el esposo de la Gaviota le ordenó a Videgaray que pre destapara a Meade estaríamos observando una nueva variable, una iniciativa del estilo peñanietista. ¿Con qué objetivo?

¿Para ver y medir la reacción de los otros aspirantes, la de los contrincantes, la de la opinión pública y, sobre todo, la de los peones de su culto; es decir, la de los plebeyos que van a operar a ras de suelo la operación electoral?

¿Estarán llevando a cabo Videgaray, Meade y su equipo de técnicos, con la anuencia de Peña Nieto, la teoría de juegos pata ver cómo se reaccionan A, B y C dentro del partido?

¿O se habrá revelado Videgaray ante la decisión del epígono de Hank González al enterarse que el destapado va a ser otro? ¿Tanto depende el hombre del gran copete de Videgaray, su Alter Ego, que le cedió la primicia del destape público, por supuesto no el privado, como lo acostumbraban anteriores presidentes con Fidel Velázquez, el gran Tótem del priismo tradicional?

¿Será simplemente una medida distractora de Peña Nieto al estilo de Ruiz Cortines, a quien le gustaba jugar con los aspirantes a la Presidencia?

Es difícil imaginar que Videgaray se pudiera prestar a jugar con Meade, su amigo del alma. Si lo hace sería una versión muy chafa de un Fouché a la mexicana. Aunque recordemos que solo los amigos traicionan.

Como vemos, la larga tradición esotérica del tapadismo priista continúa. Aquí no parece haber ajedrez, ni teoría de juegos, ni liturgia sino más bien adivinanzas, algo parecido al infantil de tin marín de do pingüé.

Posdata

Si el PRI juega a la estrategia de combatir la corrupción como recurso electoral ¿Por qué Quirino la sepulta con anticipación cuando no mete a ningún malovista a la cárcel?

El aparente pacto con el malovismo está dañando tanto al tricolor que en 2018 va a favorecer a Morena y a resucitar al PAN, e incluso le pudiera hacer el milagro al PRD.

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