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JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

JUAN ALFONSO MEJIA

KRATOS

Las cifras sobre la seguridad pasaron a segundo término. Si las corporaciones de seguridad, en los distintos órdenes de Gobierno, están preparadas para hacer frente a la ola de violencia fue lo de menos. Que se trate del año con homicidios más altos en la historia de nuestro País, qué importa. Todo quedó reducido a un Presidente que dice: “[...] queremos actuación responsable de las instituciones a las que todos los días pretendemos desmoronar y descalificar [...]”. Así es, nadie dio crédito a lo que escuchaban sus oídos. El discurso del Presidente sucedió en el Alcázar del Castillo de Chapultepec, en medio del Sexto Foro Nacional “Sumemos Causas”. María Elena Morena, presidenta de la organización Causa en Común, había asegurado que vivimos una “emergencia nacional”. Peña Nieto estuvo de acuerdo en el repunte de los números, pero lamentó que sea “la propia sociedad civil, que condenan, que critican, y que hacen bullying del trabajo de las instituciones del Estado”.

Que el Presidente de la República tenga una opinión distinta a la de la sociedad civil, no debe asustarnos; me parece sano para el quehacer público que la exprese. Que el Jefe del Estado mexicano le reclame a un grupo de ciudadanos su actuar por señalar la acción del Estado y lo asuma personal nos habla del grado de enfermedad que vive nuestra democracia. ¿Qué enoja tanto al Presidente?

En el fondo, lo que está a debate es la noción de poder en nuestras sociedades, que concibe lo público como un bien privado. 

No es sólo el Presidente Peña Nieto, es una generación de políticos que consideran lo público como un BOTÍN, como su recompensa por tantos años de “lucha”. Para regidores, diputados locales o federales, senadores, alcaldes, gobernadores o jefes de Estado de esta naturaleza, el patrimonio público forma parte de sus arcas personales el tiempo que dure su mandato. Todo aquél que se atreva si quiera a cuestionarlo es incomprendido porque se le considera un usurpador; “fórmate, vete a la cola porque ahorra es mi turno, me toca a mi”. 

Para este tipo de hombres y mujeres con una noción del poder del siglo pasado, mucho más cercanos (en los hechos) a Maduro y la tan temida Venezuela, la sociedad civil representa esa “extraña Sra. entrometida que pregunta por qué y quiere le compruebes lo que dices”; ¿cuentas de qué y a nombre de quién? diría el PRI, el PAN, el PRD, Morena y el resto de ellos.  Sin importar el partido político del que se trate, desconocen a hombres y mujeres que se interesan en lo público sólo por el hecho de ser público. ¡No lo entienden!

No me extraña entonces que, el jefe del Estado mexicano desconozca a cualquier organización de sociedad civil que cuestiona su forma de ejercer el poder. Los políticos mexicanos lo asumen personal porque, de acuerdo a sus ideas, ellas y ellos encarnan al Estado; ellas y ellos son el Congreso, la alcaldía, la regiduría y así nos seguimos. Las instituciones no suplantan las veleidades de los hombres, muy al contrario tienen nombre, apellido y personalidad. Se comportan por “humores” y no por reglas procedimentales. Craso error.

Me gustó escuchar un Presidente que no comparte una idea y lo exprese públicamente. Está en su derecho de hacerlo. Sin embargo, no sólo no comparto la forma en que entiende el ejercicio del poder, sino que me inquieta lo que un Presidente enojado está dispuesto a hacer, pues considera la crítica como un desprecio a lo que por derecho -según él- le pertenece. Ejemplos sobran, pero considérese de momento sólo dos: la violación de los tiempos en el nombramiento del Fiscal Anticorrupción y de las formas del Fiscal Especial para la Atención de Delitos Electorales (FEPADE); tocó el turno a la Sociedad Civil organizada. 

Que así sea. 

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Twitter: @juanmejia_mzt