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ERNESTO ALCARAZ VIEDAS

alcaraz ernesto

COLUMNA VERTEBRAL

Todos percibimos el problema y apreciamos la insolvencia del Estado para resolver la delincuencia. El entorno social de riesgos nos agobia, los acontecimientos nos alarman y no encontramos alternativas ciertas para evitar caer en ellos o cuando menos, no entrar a esos espacios turbulentos. Lamentarnos y proferir condenas públicas no es suficiente, y sufrirlas en carne propia, no es deseable. Necesitamos construir nuestros propios espacios de protección y encontrar los mecanismos adecuados para protegernos de todo daño y complicidad. Nuestra Familia es un hábitat reducido, pero de profunda responsabilidad que nos involucra directamente. Un “tierno escondrijo”, si me acepta el término, que no conviva con la “violenta selva social” que nos abruma y desconsuela por tantos sucesos difíciles de entender, y menos, de aceptar y tolerar. Necesitamos blindarla y evitar caer en esos peligros.

Está a la vista que nadie, ni los números estadísticos pueden negar que Sinaloa inició el año 2017, como terminó el anterior: con el lastre de la violencia. Que algunos rubros se han inhibido, es cierto, pero la violencia y la criminalidad han sido la constante en la última década. Considerado por sus cifras como “territorio caliente” y estar ubicados entre los primeros estados en índices de criminalidad y violencia es preocupante, pero más lo es saber  que víctimas y victimarios son adolescentes y jóvenes de escasas edades. Por eso, la semilla en favor de la “Cultura para la Paz”, debe sembrarse en el seno de las familias y sentar raíces en la escuela de todos tipos y niveles. Y ya robustecida, en nuestra convivencia social.  

Me pronuncio así, porque si la Familia es nuestra Naturaleza, y un Hogar Feliz Nuestra Perspectiva, considero urgente sumar esfuerzos gobierno, padres de familia y organismos especializados para diseñar y poner en operación una estrategia integral de principios morales y valores sociales, y un modelo rígido de ética con recomendaciones dirigidas expresamente al seno de las familias. Sé que los hay, pero más que programas de reacción, se requiere inyectar vivencias que motiven conciencias, muevan sentimientos e inculquen compromisos en los hogares. Un proyecto social que consigne realmente que vamos en búsqueda del fortalecimiento moral y calidad de vida de las familias sinaloenses, que queremos formar al verdadero ciudadano productivo, emprendedor, sano y ajeno a influencias extrañas y dañinas.

Es incuestionable que todos tenemos derecho de vivir la vida y la obligación de ejercerla con responsabilidad y compromiso, pues más allá de la vida nada se nos va a obsequiar. Todo lo tendremos que conseguir con disciplina, perseverancia y sacrificio, y hoy, con muchas más precauciones para que el costo a pagar no sea mayor. No sabemos en cuánto tiempo lograremos nuestro desarrollo y superación personal o si la vida nos va a ser arrebatada. Pero ante estas imprecisiones, temores e incertidumbres, nadie tiene derecho a truncar nuestro proceso de vida.

¿Qué es lo primordial y procedente? Que nuestra existencia la compartamos muy de cerca y al cuidado de la Familia. Ese lugar donde se brinde el apoyo moral y la oportunidad de crecer, y sobre todo, se tenga paciencia y tenacidad para estimular a nuestros hijos que transiten hacia el éxito. ¡Cuidarlos y  protegerlos es el reto!

La protección de nuestra integridad y patrimonio es un derecho constitucional y nadie tiene por qué atentar contra ellos, y es garantía del Estado preservarlo. Pero creo que en el seno del hogar el Estado poco puede hacer, cuando el enemigo está en casa y se manifiesta de diversas maneras. Por eso la tarea es nuestra. Y no justificarnos con la escasa cultura ni la pobreza o la falta de escolaridad. El conflicto se ubica en todos los estratos socioeconómicos.     

Y entiéndase, no intento justificar nada ni acusar a nadie. Es que el problema es tan complejo de atender y fácil de señalar que nos desubicamos o nos desentendemos en la atención de los más cercanos, nuestros hijos. Es hora de aportar como padres lo que nos corresponde en nuestro hogar, ese reducido espacio en el que impere la responsabilidad y el compromiso, la civilidad y la cordura, el orden y la autoridad. Valores que deben predominar y educar con el ejemplo bajo un catálogo de recomendaciones justas y correctas, pero aceptables por todos sus miembros. Digamos no a la desintegración y violencia intrafamiliar.  

Porque enumerar  cifras estadísticas para asentar el criterio interpretativo de un Estado rebasado por la delincuencia y la complicidad policial, ¿qué nos queda? Nada. A secas, es tinta en páginas de medios que se conjugan con la sangre y el dolor de la tragedia. Porque cada dígito eso es, una tragedia familiar. Lo que se necesita es que toda voz analítica y propositiva invoque a la civilidad y a la cordura en los hogares y en el colectivo social. Y de los expertos, proponer soluciones y que el Estado las atienda y las aplique.

Es lamentable e inaceptable que en los hogares se refleje la desintegración familiar con destino claro a lo antisocial y que estructuras criminales estén focalizando su interés en ellos y enlutando familias. De tiempo atrás las autoridades de procuración e impartición de justicia nos convocan a sumarnos al rescate de espacios perdidos y a ser promotores en la rehabilitación del tejido social, pero no atinan a informarnos sobre la colaboración demandada ni cómo proceder para tales fines. Y considero que es momento ya de fijar posiciones serias a un conflicto grave.

Porque existen consideraciones contundentes y experiencias no gratas que nos asisten: Si la mujer es factor fundamental y productivo en el desarrollo de la familia y de la sociedad, nadie tiene derecho a negarle las oportunidades merecidas, y menos agraviarla. Y si nuestro Patrimonio es fruto del esfuerzo, perseverancia y vida honesta y productiva, nadie tiene derecho a despojarnos de lo que nos es propio.

Nuestros hogares son espacios privados y nadie tiene derecho invadir su intimidad ni atentar contra la integridad física de sus moradores.  Y si los hijos son los dones más preciados de la familia, los padres no tenemos ningún derecho de desobligarnos de sus conductas sin considerar los riesgos que corren, en aras de su comodidad y la falta de interés. Y por lo mismo, nos pronunciamos por el respeto cabal a los derechos de la familia, de la Niñez, Adolescencia y Juventud. Hay legislación para protegerlos y a ella debemos canalizar nuestras exigencias para que se hagan efectivas. Y nosotros, cumplir con lo que nos corresponde: Cuidar y proteger nuestra familia. El Derecho a la Vida debe ser respetado y protegido.