Ya disponible para su descarga la revista Didáktica Noviembre 2017

JUAN ALFONSO MEJÍA LÓPEZ

JUAN ALFONSO MEJIA

KRATOS

El 19 de septiembre no era un día cualquiera en nuestras vidas. Habitáramos o no la Ciudad de México, ocupaba un lugar en nuestra memoria. 32 años después la historia nos alcanzó, pero no se repitió, sólo nos jugó una extraña “movida”. Ahora el temblor de 1985 y de 2017 nos acompaña a tres generaciones en el presente mexicano. ¿Qué aprendimos?

Las emociones se multiplican. Cuesta trabajo aun imaginar que haya coincidido con el día del simulacro. Dos horas antes ensayábamos para lo que no sería, y 120 minutos después la tragedia llegaba literalmente a nuestros “pies”.

De la confusión pasamos a la congoja, la desgracia se amontonó piedra sobre piedra. Fuimos átomos atormentados sobre un montón de lodo, juguetes de la suerte, teniendo que decidir si seguiríamos con la ciudad, con el país o con la vida. O nos levantamos, o bien el derrumbe caminará sobre nosotros.

En el acto era imposible conocer las proporciones de la desgracia. Fue hasta después que entramos en la emergencia, emergencia de la que hemos aprendido, en la que también, por desgracia o por fortuna y con esfuerzo, ya sabemos conducirnos.

Hoy vivimos con la sensación de que nada es igual, pero tampoco puede ser tan diferente. Aunque, el día y las siguientes noches fueron dibujando la claridad en el horizonte: los mexicanos estamos listos para actuar, sólo necesitamos “una causa”.

El momento fue suficiente para trastocar los estereotipos. El mexicano se tornó a si mismo solidario; el egoísmo, la apatía, la indiferencia, fueron borrados por la unión, el interés por los demás y un sentido de pertenencia que no se veía en cualquier parte.

Lo único que requirió la gente que ayudó de mil formas tras el sismo fue una causa, y esa causa hizo que donaran agua o comida, que se organizaran para tomar turnos para ayudar en los lugares donde se necesitaba, y posteriormente que ofrecieran sus servicios profesionales de forma gratuita. Lo importante era ayudar.

Este es el México con el que soñamos. Un México en el que la participación ciudadana alcance objetivos superiores tan sólo por tratarse de un bien colectivo, de una meta común. Se sumaron voluntades, se activaron instituciones, se ejerció la libertad y se actuó sin protagonismos.

La democracia requiere de la participación ciudadana, y este evento catastrófico dejó claro que los mexicanos podemos estar unidos en torno a una causa sin importar nuestras propias circunstancias, nuestros recursos, o factores sociodemográficos.

También quedó claro que existen objetivos mucho más altos que la satanización de la clase política. Sigamos adelante, ellos se quedarán atrás. No corras, no grites, no empujes, sólo decídete a hacerlo. Las instrucciones del temblor parecen un modelo de acción para sociedades adormecidas. La tragedia sin duda sacudió.

Y eso es lo que han venido haciendo las organizaciones ciudadanas desde hace tiempo: Adoptar una causa y luchar por ella más allá de cualquier partido político; poner en la agenda pública los temas prioritarios para la sociedad sin obedecer a cálculos políticos que anteponen el mero interés electoral.

Así se consolida la democracia: participando.

Sin duda en este México también afloró algún protagonismo o miserias humanas, las considero pero no las cuento. No por reducirlo a una imagen romántica redentista, sino porque al instante cobró cada vez mayor fuerza que la organización es tan importante como el entusiasmo o el sentido de la humanidad.

El 19S supuso una tragedia, pero no nunca la fatalidad. Triunfó la esperanza.

Ahora bien, quedan las interrogantes: ¿Qué hacer con el agravio de aquellos que perdieron a un familiar, a un amigo, o su patrimonio? ¿Cómo canalizarlo?

En el temblor del 85 fue bastante claro: en contra del Presidente y su equipo y contra el PRI. En 2017 esos dos actores están incluidos, pero no se limita a ellos; hay que sumar a todos los partidos – sin importar “el frente” que defiendan, legisladores en lo general y en particular, con nombre y apellido, los gobernadores, varios medios y un largo etcétera.

La tarea que viene por delante es larga y no es sencilla. Más allá de los tabiques, las varillas y el cemento, la reconstrucción será emocional.

En el 85, dice Federico Reyes Heroles, la tragedia no fue leída como una oportunidad; en 2017, depende de nosotros que sí lo sea. Sólo necesitamos una causa; México necesita su causa y los mexicanos tenemos el deber de ofrecérsela.

Que así sea.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.