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AMBROCIO MOJARDÍN HERÁLDEZ

AMBROCIO MOJARDIN

VISOR SOCIAL

Cuando de mejorar la vida social se trata, cultivar la interacción continua y multiplicar las redes sociales de soporte mutuo es la alternativa. 

Ninguna persona, ni ningún grupo, pueden tener desarrollo y bienestar plenos si permite, acepta, o provoca, el aislamiento o la indiferencia entre sus integrantes. 

No hay razón que valga para justificar nuestra dinámica de relaciones, cuando el resultado está siendo el individualismo extremo, la soledad o la competencia malsana. A tal grado están llegando las cosas que hasta al interior de las familias y en la intimidad de los ambientes de trabajo, se expresan comportamientos de insensibilidad o competencia innecesarios. Las personas están cada vez más solas y con tendencias a verlo como un modo de vida válido. 

Con pretextos varios, algunos que parecen lógicos, vamos abandonando las relaciones estrechas y perdiendo sus beneficios. El exceso de trabajo, la sensación de inseguridad, el individualismo y la concentración en la obtención de satisfactores materiales, nos llevan a construir un modo de vida que termina siendo más costoso y menos satisfactorio. A la amistad, a la consanguineidad, al compañerismo y a la consideración por el otro le damos sentido utilitario.

Como efecto de nuestro modo de vida, cada vez tenemos menos amigos, somos más desconfiados y visitamos menos a la familia. Nuestros círculos sociales son cada vez más reducidos y el interés por lo que sucede con el otro se va perdiendo. 

La familia, los amigos y los compañeros de trabajo son la fuente principal de valores culturales y significados socio afectivos. Cuando los abandonamos o los descuidamos, no nos percatamos que estamos perdiendo las principales redes sociales de apoyo. 

Al perderlas, perdemos las posibilidades de ayuda mutua desinteresada, el respaldo emocional comprometido, o la acción conjunta para el logro de propósitos trascendentes. Sin redes de apoyo social se complican los éxitos de las personas, se reduce la sensación de bienestar y se dificulta su satisfacción plena.

Enrique Gracia de la Universidad de Valencia y Elizabeth Tracy de la Universidad Duke afirman que la efectividad de las redes de apoyo social estriba en sus fundamentos de informalidad, confianza y reciprocidad. 

Estas redes se inician de manera natural cuando se presentan eventos o se reconocen necesidades que generen identidad, pero se pueden cultivar intencionalmente. Las fiestas o las desgracias compartidas son la coyuntura más fuerte para iniciarlas o consolidarlas. 

Los beneficios de contar con amplias y multiplicadas redes de apoyo social son varios. Los de mayor relevancia son los intangibles; reconocimiento, sentido de comunidad, autoestima, salud mental, seguridad en sí mismo y satisfacción con la vida. Pero sus beneficios materiales también pueden llegar a ser de gran significado, especialmente cuando llegan para resolver problemas imprevistos.

La psicología ha documentado cómo las redes de apoyo social mejoran el ambiente social y personal; incluyendo beneficios preventivos y terapéuticos. Múltiples estudios indican que las personas que cuentan con más amistades, tienen vida familiar más estrecha y participan en diferentes grupos de acción social, tienden a ser menos enfermos y a reportar mayores niveles de bienestar. 

Por otro lado, las personas con mayor soledad o aislamiento presentan tendencias a la depresión y padecimientos crónicos degenerativos como cáncer y diabetes. 

Varios experimentos han probado que aumentando la vida social de las personas aumenta su calidad de vida, disminuyen los síntomas negativos de sus padecimientos, aumenta su actitud positiva y superan cualquier estado depresivo 

Tradicionalmente se había visto a las redes de apoyo social como un recurso para el bienestar de los más necesitados. Sin embargo, la promoción extensiva de las mismas ha dado evidencias como para pensar que son una alternativa viable para la mejora sustancial de ambientes sociales amplios con desviaciones graves.

De ahí que organismos como la ONU propongan mecanismos que buscan recuperar la vida social activa. Vida familiar estrecha, construcción y mejora de parques públicos, actividades intergeneracionales al aire libre y festejos tradicionales están siendo formas para promoverla. 

La tarea implica enfrentar varias dificultades. La primera es vencer la comodidad que supone el individualismo, la segunda es acabar con la desconfianza en los demás, la tercera es reducir el interés por los logros materiales y la acumulación de los mismos, como sinónimos automáticos de bienestar subjetivo. 

Se puede empezar por incrementar el contacto y diálogo familiar, conocer y tratar a los vecinos, convivir con los compañeros del trabajo y participar en tareas de la colonia. Seguramente encontraremos eco en algunos. Con ellos empieza la tarea que seguramente dará mucho mejores resultados que la vida que hemos ido “aceptando”. Vale la pena intentarlo. ¿O, usted qué opina?

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