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luis alcantar
LUIS ENRIQUE ALCÁNTAR VALENZUELA
LOS 4 O 5 TACTOS HUMANOS

Casi al final, de una bellísima obra literaria. Encuentro un párrafo, que lo acepto, me pegó en el alma. ¡¡¡Sí, mujer, sí, hombre¡¡¡. Tal como si Cristiano Ronaldo, te chutase un potente balonazo en ti como barrera humana, al momento de cobrar un tiro libre a favor de los galácticos. El efecto lo sientes de inmediato. Luego te tumba la energía acumulada con el impacto; y pues la verdad, ya es ganancia que no te apendeje con el golpazo.

Vuelvo a ese pegar/golpear el alma particular. En pocas palabras, ese pegar en el alma te mueve los viejos cajones de los recuerdos acomodados en tu mente. Ese cerebro/mente supuestamente centrado/a en el aquí y en el ahora, tal y como recetan los gurús del desarrollo humano en boga. Es mentira, que sólo vive o se centra en el presente. Por favor, aplíquese el sentido común. El cerebro/mente siempre se mueve en distintos tiempos.

Esa obra literaria me provocó y pegó fuerte. Fue un párrafo del excelso/magistral escritor japonés Haruki Murakami en su novela, Sputnik, mi amor (1999: 230), quien describe lo siguiente. “Cuando le alargué la mano, el Zanahoria me la asió suavemente. En la palma de mi mano percibí el tacto de la suya, pequeña y delgada. Un tacto que hacía mucho tiempo, en el algún lugar -¿Dónde debió ser?-, ya había sentido. Caminé hasta su casa sin soltarle la mano”.

A propósito de este pequeño párrafo, comento, fue posible capturar ciertas emociones traducidas como escritura. Cuando uno toma sentido de las cosas/sucesos de la vida cotidiana. Es decir no vive las 24 horas del día automatizado/alienado/enajenado. Al activar este “break conscienzal” de inmediato recuperas la sensibilidad propia de todo ser humano. Sí, ¿paradójico verdad? Se percata de que hay detalles/insignificancias del contacto con los seres humanos que te rodean, las cuales son trascendentales. Dejan huella a la larga; así como deja marca la ola azul débil, que suave golpea como caricia a esa roca de rostro duro, monolítica y en apariencia impenetrable. Detalles que son maravillosamente grandes y potentes.

Al recuperarse estas minucias de la existencia humana; quizás la persona se da cuenta de que está vivo. Sí, vivo. Más allá de la costumbre, del civismo y la cotidianidad reproductora. Ve su reflejo en los otros. Se ve así mismo, quizás con desconcierto, sorpresa; pero por lo menos en esos momentos se asume como más humano.

Sitúo y tomo el comentario a partir de “los tactos humanos” vividos con seres humanos trascendentes para mí. Ese sentir del tacto humano, desde luego que no es poca cosa. En el ser humano es como el calostro que alimenta al bebé indefenso y que al succionarlo lo nutre, protege y blinda de ataques externos. Sin duda alguna, hay de tactos a tactos. Referiré a los tactos mágicos.

El primer tacto, fue con mi madre. Cuando aquella mañana densa, verdosa, le toqué en su mano. En aquel su lecho blanquiazul donde yacía postrada, sin la méndiga prisa de nuestros tiempos. Vivía con lentitud extrema su recuperación, ante aquella dura enfermedad. Vi y sentí su piel de abuela. Y yo (no sé dónde demonios andaba o estuve) que la seguía creyendo de 30 años de edad. La verdad estaba muy equivocado. Recuerdo que le dije a ella (no a mi madre):

-Mi mamá, tiene arrugas de abuelita, en su piel de la mano, en sus brazos. Qué cosas de la vida, mi madre se ha hecho mayor y ni cuenta me había dado. ¡Qué cosas¡ ni cuenta me había dado.

Le repetí varias veces a ella, como vil tontoloco. Quien hubiera visto ese espectáculo, representado en mi persona. No lo hubiese creído. Pero sucedió.

Al instante, las lágrimas calientes derramadas, perforaron lentamente mi piel; cual cincel de albañil en el tieso cemento frío. Esa mi piel insensible, ante la lentitud perforadora de mis lágrimas, con nítida claridad fue dañada. Dejándola humeante y herida. Esa mi piel, que la pensaba ajena, “a la lágrima fácil” como dijera J. Sabina. ¡Ándele cabrón! No que muy machito el niño. El tacto materno generó quiebre/caída en ese metal humano; del supuesto hombre invencible, casi como aquel Kalimán setentero de los comics de la tienda de la esquina.

El segundo tacto fue con la persona/mujer que amo. Aquella fresca tarde, al bajar de aquel autobús citadino. Tomé su mano en la mía. Entre caballerosidad/necesidad; nuestras palmas de las manos intercambiaron una energía imantada, que en ese instante sentí su unión. Jamás en mi vida, he vuelto a sentir esa sensación de estar unido. Ese calor, esa temperatura reconfortante y esa forma de diálogo entre las pieles de las manos, no poseo palabras para traducirlo. Es intraducible. No tengo lenguaje, menos palabras para darle una representación.

Desde que tomé/sentí su piel. Cuando los tactos dialogaron, sí, caminar entre nubes de algodón azucaradas me parecía muy poca cosa.

El tercer tacto, fue cuando mi gran amigo de la infancia, en una jugarreta arriba de un dompe, adaptado como una pipa para distribuir agua en el pueblo; resbaló con peligro. Había agua sobre el metal oxidado y resbaladizo del contenedor de la pipa. Al brincar y querer ganar el suelo, resbaló como el desliz que dibuja el agua que desborda inquieta por la tapa de la pipa. Ahí entendí, porqué el diablo nunca duerme. En ese preciso instante los dos vimos asomándose el peligro. El diablo peligro sorprendió a los dos amigos, que no venían de Mapimí. El peligro activo la acción rápida. Al instante estiré mi esquelético y larguirucho brazo. Mi amigo estiró su mano nerviosa y sudorosa. En automático, su mano se agarró de la mía, sintiendo calma instantánea/fugaz, como el click de una cámara digital. Sentimos los dos un agarre fuerte, como lo es la amistad. Él me dijo:

-Cúper, ayúdame cabrón, no me sueltes.

Ahí percibí un tacto diferente con mi amigo. Las manos se asieron con fuerza. El sudor salado, la tierra muerta en polvo impidió estirar más el tiempo einsteiniano, para activar/prolongar la ayuda. Pero, no fue posible. Resbalaban nuestras manos. Se despegaban centímetro a centímetro, gracias a la fuerza de atracción, que siempre implora el peligro. Ese contacto con el tacto de la mano de la amistad, fue único. Él inexorablemente cayó, golpeando con fuerza todo su rostro, en las carteras calientes del óxido, que tantas batallas había librado en contra del sol. Sangró, lloró; incluso me vio encorajinado con aquellos ojos cafés, redondos y saltones. Los dos, a paso lento, nervioso llegamos a su casa para su atención básica. Ese tacto del amigo en peligro, jamás se ha vuelto a presentar. El amigo se marchó, y su contacto entre manos aún pervive, como meme cultural, que se reproduce cada vez que el recuerdo entra en crisis con el presente.

El cuarto tacto con la mano fue con mi padre. Sucedió aquella mañana, donde privaba el trabajo doméstico. En esas primeras horas de la mañana éramos como abejas obreras en su colmena familiar. Toda la colonia familiar, como una pequeña fábrica se dedicada a levantar, con mejores cimientos y techumbre, aquel nuestro pobre y endeble hogar familiar. Laboraba sin parar la familia solidaria. Trabajaba sin descanso. Y como siempre, tenía que aparecer el niño con sus obras del día. Ya saben, no falta ese niño inquieto.

Ese niño activó los ojos zigzagueantes, en todo lo que veía en la obra en construcción. De repente vi estacionada, sobre un grande y viejo tronco de mezquite negro, aquella bicicleta roja adornada con cintas metálicas coloridas. Bici, propiedad del compa Basilio, alias El Chilo. Una de las cucharas más rápidas de la albañilería del pueblo, que jamás se haya visto. Para variar, El Chilo era zurdo y no había chalán que lo alcanzase con la famosa expresión “más mezcla maistro”.

Con la mirada de aguilucho hambriento. Logré visualizar que El Chilo, colocó el candado protector en la llanta trasera de la bici, para que según él no fueran a tomar su bicicleta sin su consentimiento. En un descuido de El Chilo, que ya llevaba varios cuartitos en su garganta. Noté que dejó su llavero pegado al candado, que inmovilizaba su bici. Me di cuenta porque, noté algo raro en el ambiente inmediato. Notaba que los rayos del sol, de ese mes de mayo más caliente, eran reflejados con mucha intensidad por una especie de moneda de plata. Con cautela. Graduado ya, en las técnicas del despiste. Acerqué mi cuerpo osamenta a la bicicleta. Miré el candado y el llavero. La base que reflejaban los rayos del sol, en efecto. Yupiiiii, era un pesote de plata con la esfinge de J.M. Morelos y Pavón, el otro padre de la patria mexicano. El pesote estaba unido al llavero por un fino arillo de alambre duro, color plata y gracias a un enano orificio que El Chilo –diestro en las labores de albañilería- había hecho con mucha paciencia. Con ese artilugio artesanal el peso se sostenía y le permitía generar hasta al mismo viento, finos movimientos con los cuales anidaba y reflejaba los potentes rayos del sol pre veraniego. En pocas palabras, le robé, o birlé el pesote de plata al pobre de El Chilo, que para variar ayudaba a la familia en las tareas de edificación de una mejor casita. Sin cobro alguno hacia mis padres, nada más que el consumo de unos cuartitos cheleros y el pozolazo de cochi cuino. Esa acción trasgresora, no me la perdonó mi papá.

No niego, me la pasé bien con las golosinas que me compré en la tienda de la Güila Ibarra. Pero ahí sentí la palma/tacto de la mano de mi papá. Ahí me zanjó un manazo, sentí su piel/tacto y me dije “mmm, tengo padre”. Cosas de la vida. Ese tipo de contacto con mi padre, jamás se volvió a presentar. Que si aprendí la lección. Claro que la aprendí, la pasé con 10, sin necesidad de planas, menos de repeticiones.

El 5to tacto, está en espera. El quinto encuentro de mi piel, de mi tacto, con otros tactos, sigue al acecho, porque si algo tiene la experiencia de vida, es que se vuelve selectiva, exigente y la piel se endurece. O quizás viva la experiencia de que el 5to. Tacto, sea una comunicación más irreal, más centrada en la vivencias que escapan a los ojos. Experiencias de vida, que se esconden para vivirse en soledad. El 5to tacto, es pues el tacto de la soledad. Es el tacto de tactos. Es el que asusta a los hombres y a las mujeres. Este tacto, es de experiencia tardía, madura y sabia. El problema es darse cuenta de que se puede lograr.

(LEA-V 2014/2018).

 

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